La teoría de los dos demonios

La conocida como teoría de los dos demonios tuvo su origen en Argentina, en tiempos de la dictadura militar, cuando se tendía a comparar las acciones de guerra sucia que llevó a cabo el gobierno argentino con las de las guerrillas de entonces. Sin embargo, no convendría ignorar la asimétrica situación de los dos contendientes, teniendo en cuenta los recursos de los que dispone un Estado, de todas maneras se hacía. En la actualidad, la teoría de los dos demonios podría aplicarse para describir la realidad política del momento. 
 
La construcción mediática imperante a nivel global es más o menos así: "una democracia, un sistema político que se dice moderado, que también afirma huir de radicalismos. Enfrente hay otros dos que para bien o para mal buscan transformar el régimen político actual en otro diferente." En este cómodo escenario la democracia occidental se autoincardina por encima de cualquier conflicto ideológico, ya que se encuentra perfectamente asentada en la sociedad, y puede permitirse ese lujo. Por el contrario, los otros dos movimientos que se entienden indeseables, luchan separadamente por derribar este modo de vida. Por lo tanto, se arriba a la conclusión de que estos extremos en realidad vienen a ser lo mismo, porque su objetivo es sustituir el modo democrático de vida por otro, presumiblemente, autocrático.

Evidentemente, esta maniobra tiene una intención definida. Esta estrategia descansa principalmente sobre dos mecanismos. El primero consiste en criminalizar los llamados extremos políticos, y la segunda en hacer creer, en contra de todo el razonamiento ideológico, que ambos extremos son iguales, o como se suele escuchar más habitualmente: “los extremos se tocan”. El objetivo de esta maquinación es bien sencillo, ir introduciendo en el imaginario colectivo que el sistema político actual, conocido también como democracia occidental, es la única forma de gobierno democrática posible, y cualquier otra interpretación o idea de democracia, por honesta y sólida que resulte, es directamente inviable, cuando no, incluso maligna. 

La democracia occidental, descansa sobre el fundamento ideológico del liberalismo, que propugna, o propugnaba en sus inicios, la intervención mínima del Estado, dejando al mercado como actor principal sobre el que se articula la vida en sociedad. En este marco político se desarrolló el capitalismo, que es el sistema económico en el que los medios de producción, o empresas, están en manos privadas, es decir de un empresario. Éste contratará a trabajadores, que por no disponer de suficiente capacidad de ahorro como para poder fundar una empresa, deberán vender su fuera de trabajo a dicho empresario, que se enriquecerá, como bien se sabe, de la plusvalía que los trabajadores generan.

Los ideólogos liberales tratan continuamente de dotar de legitimidad al sistema, conscientes de que del mismo modo que los demás es frágil. Para ello se ha encontrado en los medios de comunicación el caballo perfecto.  De esta manera, se presenta al liberalismo como único representante de la libertad, mientras se sitúa al comunismo y al fascismo como enemigos que son en esencia iguales. Pero, un análisis ideológico serio desmiente este mito. Afirmar que los extremos se tocan, en realidad no tiene sentido, pues es inconcebible entender las ideologías de una manera esférica en el que dichos extremos acaben entrando en contacto. Esta dicotomía se representa con más acierto en una línea horizontal, en la que cuanto más se inclinara el viraje hacía un extremo, lógicamente, más se alejara del opuesto. 
 
Brevemente, ambas ideologías se diferenciarían en lo siguiente: el comunismo persigue la socialización de los medios de producción, es decir, que sean dirigidos por los trabajadores, y que lo que se produzca se oriente a satisfacer las necesidades de la gente. Todo ello se lleva a cabo a través de a una planificación económica llevada a cabo por los órganos pertinentes. No obstante, en el fascismo, a pesar de que existe una potente intervención estatal, las empresas pueden estar perfectamente en manos privadas, y se busca superar la lucha de clases, supeditando la misma a un objetivo común como es la defensa a ultranza de su nación. Para ello es necesario una exaltación de los sentimientos patrióticos, o incluso de la raza como hacía el nazismo.

Un análisis que profundice un poco más, podría ser el realizado por Iñigo Bolinaga, licenciado en historia y titulado en Estudios Avanzados de Historia Contemporánea, en su obra “Breve historia del Fascismo” cuando afirma lo siguiente:
“Las razones fascistas para oponerse al marxismo podrían esquematizarse en tres líneas fundamentales:
  • Es un humanismo.
  • Es originariamente antinacionalista.
  • Tiene como columna de su ideario el materialismo histórico, planteamiento que el fascismo, como idealismo que es, rechaza de plano.”[1]
El marxismo es una ideología plenamente humanista, que comparte los valores esenciales del humanismo de antaño, basta para ello leer la Utopía de Tomás Moro, para ver en ella la obra presocialista por excelencia. A su vez, una característica del socialismo es su base internacionalista. Por último, el socialismo tiene sus propias herramientas de análisis de la realidad como es el materialismo histórico, frente a las ideas fascistas, nacidas del romanticismo. Cualquier estudio que se hace suele reforzar estas tesis, empero se sigue insistiendo en resaltar sus hipotéticas semejanzas. La idea no puede ser otra que hacer creer que cualquier alternativa al régimen actual, no sería buena idea.





[1] BOLINAGA, Iñigo. Breve historia del Fascismo.

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