Entre nacionalistas anda el juego (una visión antropológica de la controversia catalana - española)

 
El ser humano nació en África, pero debido a su inicial estilo de vida nómada pronto llegó a todas partes, siendo la generosidad de nuestro mundo quien lo alimentó. Y es que los vínculos de la humanidad con nuestro planeta en un sentido global, y no con un único trozo de tierra, son ancestrales. Sin embargo, la introducción de la agricultura y la ganadería le obligó a adoptar el sedentarismo. Este nuevo modo de vida trajo consigo dos elementos clave que cambiaron, para siempre, las relaciones humanas: la necesidad de una organización política compleja y la cuestión del reparto de los excedentes agrícolas. Por ese motivo, entre los que ejercían de centinelas en aquellos primitivos asentamientos, destacaría una élite que se acabaría encargando tanto de la defensa del asentamiento, como del reparto de lo producido. La rueda de la Historia había comenzado a girar; una minoría organizada se había impuesto sobre la mayoría desorganizada. No obstante, para que esa mayoría se integrara plenamente en la comunidad, que era gobernada por una minoría, debía lograrse que se sintieran parte de la misma. Con ese objetivo pudieron surgir las identidades colectivas, las cuales vinculan emocionalmente a una persona con el lugar al que pertenece.

En este sentido, las polis griegas fueron comunidades que incorporaban a sus ciudadanos en ellas. En cambio, tanto en el feudalismo como en los posteriores tiempos de los monarcas absolutistas, la tierra se entendía como propiedad de estas élites y las personas que habitaban en ellas, súbditos. Esas tierras eran gestionadas (y sentidas) como un negocio de cuyo éxito dependía la supervivencia de la institución monárquica. Para ello, basta con recordar como el oro que se traía de las Américas pasaba a enriquecer solamente las arcas de la Corona Española. La Corona cambiaba de titulares (como la presidencia de un club de fútbol) y su única preocupación es que la “empresa” adquirida resultara rentable. Así pues, la Corona Española pasó de los Habsburgo a los Borbón sin mayor cambio para el pueblo que los Decretos de Nueva Planta, que centralizaron la Administración del Estado. Por todo ello, entonces se hablaba de reinos y no de naciones, aunque ya faltaba poco para que éstas entraran en escena.

En 1789 irrumpió la Revolución Francesa, y las élites que la lideraron, introdujeron un nuevo elemento para movilizar al pueblo: la <<nación>>. Fue todo un éxito, ese novedoso lenguaje establecía que ya no eran súbditos pertenecientes a un reino, cuya soberanía recaía en el rey; ahora la soberanía residía en la nación que, pese a ser un ente abstracto, poseía un atractivo innegable. De este modo, se construyó la nación, y con ella la identidad colectiva pasó a ser nacional. Ese es el motivo, por el que se afirma que la nación es una construcción histórica, y no algo que existiera naturalmente a la espera de ser descubierto. De esa manera, se reformuló la realidad en términos de un “nosotros” y un “ellos”, utilizando para ello un sistema basado en criterios comunes que podían ser, por ejemplo, culturales o étnicos. Con ello floreció ese sentimiento de pertenencia, adulación y defensa de una comunidad imaginada (como diría Benedict Anderson) que es el nacionalismo. Un sentimiento que difícilmente puede concebirse sin los mitos nacionales, aquellas concepciones idealizadas de un pasado que pretende ser común y que generalmente atienden a gestas heroicas. Esos mitos cuanto más remotos sean mejor, porque harán parecer a la nación más antigua. El nacionalismo español alude a las batallas de Sagunto, Numancia, Cádiz, Covadonga, etc. Mientras que el nacionalismo catalán presume de la Guerra dels Segadors. Empero, en ninguno de esos casos existía España ni Cataluña como nación.

Por tanto, este proceso no fue casual, sino alentado por unas élites, que observaron en la nación al caballo de Troya ideal para proteger sus intereses o para reforzar al propio régimen político, tal y como hicieron los revolucionarios franceses del XVIII. Pero, para estudiar el nacionalismo hay que comprender que es un fenómeno atrayente, que incluso ha engullido diversos enclaves ideológicos, obligando a éstos a adaptar su discurso para hacerlo compatible con los postulados que, en principio, defendían. Tuvo mérito el intento de armonizar dos identidades antagónicas como la nacional y la de clase, máxime cuando los fundamentos de la segunda descansan sobre los pilares del solidario internacionalismo, y que si bien su lucha conviene desarrollarse en el marco de los Estados, no debería seducirse por el nacionalismo, ya que éste fue concebido como instrumento de movilización de oligarquías territorialmente definidas.

En el Estado español (por utilizar el término más aséptico posible) conviven varias identidades, entre ellas el nacionalismo centralista español y el nacionalismo periférico catalán. El nacionalismo catalán parece que ya desea alcanzar una de las metas fundamentales de todo proyecto nacionalista, es decir establecerse como Estado. Un fin que choca con la apuesta política del nacionalismo español. Frente a ello el nacionalismo español reacciona aludiendo, en primer lugar, a que hay que respetar la Constitución (la cual puede tocarse para limitar el déficit pero no para otras cosas) y si ésta falla sugieren sutilmente otros mecanismos más propios de tiempos ya superados. Mientras tanto, su oligarquía pone en marcha el aparato mediático para promocionar la idea de España; como, por ejemplo, aquella afortunada “casualidad” de que el ganador del Premio Planeta pronunciara un discurso en favor de la unidad. Tienen tan idealizada a España que la conciben como un ente orgánico, y temen que si éste se le “desmiembra” pueda sentir dolor. Por otra parte, es obvio que no quieren dejar de percibir el suculento dinero que les llega de Cataluña, cuya capacidad para amasar riquezas, podía convertirles en los judíos de la península.

El nacionalismo catalán por su parte, más bien su oligarquía, también han pasado al ataque mediático (aunque no con tantos medios como el español) vendiendo un escenario idílico en el que una Cataluña independiente sería poco más que el paraíso en la tierra. En realidad, a las élites catalanas les entusiasma la idea de un Estado propio, pues siempre es más gratificante aspirar a gobernar un Estado (aunque sea pequeño) que ser un oligarca territorial de un Estado mayor. Asimismo, tampoco se olvidan de las ventajas, para sus intereses, que se derivarían del nuevo marco competencial con el que gozarían si Cataluña fuera Estado.

De esta manera, ambos bandos se han visto enfrascados en una trifulca en donde discuten cual de las dos naciones es más antigua, porque eso dota de legitimidad a un proyecto nacionalista; sin embargo, paradójicamente, no dejan de debatir cual de los dos nacionalismos es más ilustrado o más moderno. Esto se ha convertido en una batalla absurda en la que siempre el nacionalista es el “otro”. Eso sí, una batalla en la que el pueblo son meras piezas en un tablero de ajedrez, cuyos problemas cotidianos quedan en un segundo plano, porque la “nación” está por encima de todos nosotros. Una batalla, en la que están en juego los intereses de aquellas élites políticas, como las que pudieron aparecer en aquellos primitivos asentamientos neolíticos descritos al principio del texto, y que en competencia con otras, tratan de arrogarse el favor del pueblo apelando a identidades artificiales que solo benefician a sus proyectos y ambiciones.


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